Asociación Republiana Irunesa
"Nicolás Guerendiain"
Defensa de los valores republicanos y la recuperación de la memoria histórica

Relato ganador y entrega de premio. 18-04-2009

Foto de la entrega del premio

Entrega del premio a María Arbeloa

Cartel del concurso literario

El reloj marcaba las once de la noche, demasiado tarde para una niña de mi edad. Permanecía con mi medio metro treinta estirado en la cama, las manos con los dedos entrelazados encima de la colcha, a la altura de mi tripa. Tenía los ojos abiertos. No me podía dormir. Sentía un montón de mariposas que revoloteaban por mi estómago. No sabía bien que iba a suceder la mañana siguiente, en realidad, no tenía ni idea, pero parecía que iba a ser algo asombroso.

Mis padres no habían parado de hablar de ello durante toda la cena. Los ojos de mi padre estaban embellecidos por unos destellos que le hacían rejuvenecer diez años. Nunca le había visto tan emocionado, y tenso por un asunto de trabajo. Normalmente no hablaba mucho de ello en casa, y mucho menos podía decir yo algo en el colegio, es más, yo ni siguiera sabía en que invertía mi padre todo su tiempo. Solo era consciente de que de cada vez que decía su nombre en el colegio, la hermana Lourdes me hacía callar amenazándome con un castigo.

Pero esa noche, parecía que, mi padre no se arrepintiera de su trabajo. Me seguí perdiendo en mis pensamientos, hasta conseguir caer en un sueño ligero, pues todavía estaba nerviosa. La noche se pasó en un suspiro, y pronto me levanté de un salto de la cama, no podía imaginar lo maravilloso que me aguardaba ese 14 de abril de 1931.

Fui corriendo a la cocina, donde mi madre preparaba café hervido. En la mesa, junto a su tacita de porcelana francesa que mi abuela le trajo en su viaje a Paris, había un vaso de leche, y el paquete de galletas. Mi madre sonrió con una de sus calidas sonrisas, y dándome un beso en la frente, me recordó que debía vestirme, pues teníamos que ir a la iglesia.

Me vestí rápidamente, pues tenía unas enormes ganas de salir a la calle. Mis zapatos nuevos de un negro reluciente captaron mi atención hasta llegar a la calle, y vi lo bien que quedaban junto a los rojos adoquines que recubrían mi calle. Fue entonces cuando me di cuenta de que no había cogido mi velo, no me quería ni imaginar lo que se enfadaría mi madre, la cual me agarraba fuertemente la mano, y lo mal que nos iban a mirar el resto de vecinos al entrar a la iglesia. La verdad, no me resultaba divertido acudir a la celebración de la eucaristía.

No entendía los sermones del sacerdote, y la eterna hora, me la pasaba mirando a través de mi incomodo velo, los alardes de poder monetario que desprendían los “espectadores” de las filas mas cercanas al púlpito, y que se iba apagando ante la lejanía de éste, dejando cerca de la puerta, y con mayor dificultad para escuchar el evangelio a aquellas personas a las que no conocía, niños a los que no había visto en la escuela, pues es probable que ni siguiera supieran leer.

Cuando levanté la vista de mis zapatos para advertir a mi madre de mi despiste, pude ver que de lado a lado de la calle, colgaban banderitas de colores, lilas, rojas y amarillas. Y de las farolas, banderas de los mismos colores, y de las ventanas de las casas. Por el suelo montones de folletos que rezaban “libertad” “igualdad de oportunidades” Justicia” “libertad” “libertad” “igualdad”... parecía que la calle estaba de fiesta, la gente mucho más contenta, parecía que el mundo había cambiado.

Todos hablaban de padre, sin ningún tipo de miedo a la hermana Lourdes, vi sentados en primera fila en la iglesia a los niños que no veía en el colegio, y conforme fueron pasando las semanas, vi como se iniciaban en la lectura. La política, ese tema del que ni siguiera se hablaba dentro de las fronteras familiares, saltó a la calle, y parecía ser un entretenido tema de conversación para las personas adultas.

Pero no tardó mucho en truncarse el paraíso. Pronto se acabó la felicidad de las calles, y desaparecieron las palabras “igualdad” “libertad” “justicia” y “fraternidad” del diccionario.

Todavía añoro esos días, en los que no se que pasaba, pero era fiesta en mi ciudad, cuando sentí la liberación de ir a misa sin velo, cuando podía hablar de mi padre sin miedo, cuando todos tenían oportunidades, y era importante la valía personal.

Todavía echo de menos a mi padre, y admiro a todos aquellos valientes, aquellos que como a mi padre, su vida fue arrebatada quebrantando lo que ellos proclamaban y pedían para el pueblo, en manos del hombre que, decían las pesetas, tenía la gracia de Dios. Aquellos que dieron la vida en su lucha por una sociedad igualitaria, cuyo aire oliera a libertad. Aquellos que desde ese 14 de Abril, nunca se cansaron de gritar, con todo el aire de sus pulmones, ¡viva la República!

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