Asociación Republiana Irunesa
"Nicolás Guerendiain"
Defensa de los valores republicanos y la recuperación de la memoria histórica

La reina Isabelina

Isabel

Este mes en que algunos nostálgicos celebran el 14 de abril, día en que en 1931 se proclamó la segunda República en España, viene a nuestra mente la figura menuda de la señora Isabel Andrés Martín, nacida en 1876 en Villarino de los Aires (Salamanca), viuda y republicana hasta la médula, que con motivo de la guerra civil española tuvo a dos de sus hijos en la cárcel. Los dos, carabineros. Uno teniente y el otro sargento.

Esta persona afincada en Irun tenía en su dominilio, en un baúl, miles de pesetas, cuyo valor había sido anulado, ya que fueron imprimidas por la República. No se fiaba de los Bancos y por ello, todo lo que cobró por la venta de sus tierras de Salamanca lo tenía en casa.

Continuamente se lamentaba por la pérdida de la guerra y el posterior encarcelamiento de sus dos hijos. A estas lamentaciones añadía siempre la misma cantinela: A ver si vuelve la República y me dan validez a mi dinero.

Cuando sus hijos salieron de la cárcel, el teniente que ya salió enfermo murió de tuberculosis al poco tiempo. El otro se fue a vivir a Francia y ya no volvió a España. Allí está enterrado junto a su mujer.

Como tenía otro hijo con una pequeña tienda de comestibles, ella pasaba todos los día a Hendaya, andando desde la calle Larrechipi en que vivía, hasta la Plaza de la República, y en una pequeña cesta colgando del brazo traía un paquetito de café, sacarinas y algún que otro comestible más escondidos en el refajo, que en aquellos tiempos de la postguerra su hijo vendía de estraperlo. Un día que traía en la cesta dos paquetes de café, el guardia civil de turno le llamó la atención y le conminó a que devolviese uno a Hendaya (solo permitían pasar uno). La señora Isabel, toda enfadada, requirió la presencia del superior que mandaba en el Puente Internacional de la Avenida de Francia. Presentado el sargento, le dijo: Digale al tontín este, (señalando al guardia) que me deje pasar el café. Yo he tenido dos hijos carabineros y por el desgraciado de Franco, que fue un traidor porque juró la bandera de la República y la traicionó, ahora uno está muerto y vaya usted a saber cómo estará el otro en Francia. Si hubieramos ganado la guerra, mis hijos serían militares de alta graduación, y yo no tendría necesidad de venir a pasar estos miserables paquetes de café.

Imagínense la escena en aquellos años 50. Una anciana, a viva voz, hablando mal de Franco. ¿Qué podía hacer aquel sargento de guardia? ¿Encerrarla con el escándalo consiguiente que organizaría aquella menuda viejecilla? Optó por lo más sensato. Le dijo: Mire señora, siga usted con los dos paquetitos de café y procure no abusar. Y sobre todo, no hable mal del Generalísimo, ya que le puede acarrear graves problemas. La señora Isabel le dio las gracias y se marchó.

Larretxipi
En el tercer piso de la casa de la izquierda,
vivía Isabel Andrés

Al día siguiente llevó al Puente de la Avenida un hermoso cuadro en el que posaban sus dos hijos cuando estudiaban en la Academia Militar de Madrid. Nuevamente la señora Isabel requirió la presencia del sargento: ¡A ver, que venga el capitán! -le dijo al guardia (de un plumazo la viejilla ascendió de graduación al sargento). Presentado este, ¡Horror, otra vez la vieja!, se dijo para sí. El cuadro tuvo que verlo además del sufrido sargento, todos los guardias del recinto, mientras la viejecilla repetía las frases del día anterior y seguía lanzando improperios contra Franco. Una vez más, el espectáculo estaba servido. La gente se paraba al pasar y el pobre sargento no sabía qué hacer. ¿Qué hago con esta vieja?, se preguntaba. ¿La encierro o le sigo la corriente y le digo que se largue?. Nuevamente opotó por lo segundo, pero esta vez reuniendo a los guardias les dijo: Cuando venga la vieja, dejadle que pase cuanto antes. No darle coba. Y si pregunta por mí, decidle que no estoy. Esta vieja nos arma un lío cualquier día.

Desde aquel día cuando la señora Isabel llegaba al Puente, decía: Soy amiga del capitán ¿dónde está? El sargento (ascendido por la viejecilla) rehuía el encontrarse con ella, y el guardia de turno que ya la conocía, le saludaba llevándose la mano a la gorra: Pase usted, señora. La señora Isabel, cuando llegaba a casa, todo ufana y orgullosa comentaba: Cuando paso por el Puente, los guardias me saludan militarmente. Con qué respeto me tratan ¡Ni que fuese yo la Reina Isabelina!

Esta buena señora, que aunque analfabeta de tonta no tenía un pelo, aprovechó esta circunstancia de su "facil paso fronterizo" incrementando sus viajes con alguna mercancía más.

Los viajes aunque ya innecesarios, duraron hasta mediados de los años 60, fecha en la que con más de 90 años falleció. Murió soñando con el regreso de la República. Si ahora viviese, seguro que estaría en primera fila en esta pequeña celebración que algunos nostálgicos organizan en Irun el 14 de abril

Actualmente que tanto se habla de la memoria histórica, yo reivindico la de mi abuela Isabel.

José Silguero

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