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Artículo 2.-
La existencia de esta Asociación tiene como fines: LA DEFENSA DE LOS VALORES REPUBLICANOS Y LA RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA.

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Relato ganador. (16 a 25 años). Autora: Ane Segurola Ortiz

Desde dentro

Cartel del concurso literario

Cuando planteamos nuestra visión del mundo, siempre hay algo que se nos escapa. Algo que no se ve con los ojos. Algo que, por mucho que observemos, sólo podemos capturar mediante la reflexión. Cuando plantean su visión del mundo, muchos extienden sus mantos sólo sobre la punta del iceberg. Y puestos a plantear cosas, yo siempre viviré pregonando que una vista de lince es sólo útil si no te interesa saber lo que hay detrás de loa que ves.

En esta sociedad, a menudo nos conformamos con echar un vistazo y dejarnos emocionar, y no paramos a averiguar lo que hay detrás de nuestras propias emociones. Las expresamos, sí, rompemos altos muros al sacarlas hacia fuera, conmovemos a los demás y suscitamos otras emociones en otra gente, pero muy pocos son suficientemente osados para marchar hacia dentro, para infiltrarse en su mente y llegar a tocar con sus dedos la raíz. Exteriorizamos, porque lo que hay fuera es lo que vemos, pero interiorizar nos aterroriza, porque no tenemos la menor idea de lo que podemos encontrar dentro.

-¿Por qué hay tanta gente pobre, profesora?

La profesora se quedó mirándome, extrañada. Detuvo su discurso, y tras un par de segundos, sonrió vagamente, se agachó y me miró con condescendencia.

-Es complicado, mmm, muy difícil de explicar. Mira, sólo te puedo decir que tenemos que ser solidarios, y darles a los pobres siempre que podamos las cosas que no necesitamos, para que puedan vivir mejor. Por eso hacemos todos estos proyectos en el cole, ¿verdad? -Señaló los carteles de solidaridad hacia los niños pobres del Congo coloreados por nosotros, que había colgado el día anterior en la pared-. Para reunir nuestra ropa, y juguetes que ya no utilizamos, para que los pobres puedan abrigarse y jugar gracias a nosotros.

Me sonrió dulcemente, y se quedó esperando mi respuesta.

-Y si hiciésemos proyectos para averiguar por qué hay gente pobre, y para explicárselo a los demás, ¿no crees que podríamos arreglarlo? Y entonces, no tendríamos que darles nada, ¿no?

La profesora echó un vistazo al resto de la clase, como revisando las reacciones de los demás niños, mientras meditaba una respuesta que brindase una aclaración.

-Eso es muy difícil -dijo, finalmente-. Ya lo han intentado otros antes, y, bueno, no han conseguido cosas buenas. Las cosas son como son, cariño. Lo único que podemos hacer es ser buenas personas y promulgar la solidaridad -volvió a señalar los carteles, con cierta insistencia, se incorporó y se colocó bien la chaqueta verde de lana-. Muy bien, sigamos con la clase.

La profesora Iturrioz era buena persona. No le guardo rencor por aquel castigo que me puso cierta vez por haberme cortado el pelo con las tijeras de clase. Solía ayudarnos con nuestros pequeños problemas, e intentaba darnos consejos, aunque no era muy buena en ello. Tenía buena vista, casi de lince, pero no interiorizaba. Hoy me acuerdo de ella. Recuerdo que fue ella quién colgó en la pared mi redacción tras leerla con entusiasmo a toda la clase. Como no interiorizaba, su vista no le sirvió de nada, porque aquella redacción la escribí tras inspirarme en la conversación que tuve con ella sobre la pobreza, como argumento silencioso, discreto, casi como un juego. En la elogiada redacción, tras narrar una historia, me había decantado por finalizar con una frase que reunía la esencia de mi argumento: "Si un hombre está hambriento, no le des pescado, dale una caña de pescar."

Y hoy me acuerdo de ella, porque desde la ventana de un bar, la veo paseando por la plaza. Curiosamente, va vestida con aquella chaqueta verde de lana. Los años no parecen haberla afectado mucho. Me pregunto qué pensaría ella de todos los proyectos en los que he estado sumergida durante estos años. De mis intenciones republicanas, de mis esfuerzos por el propósito de cambiar el sistema, de cambiarlo para que sea justo para todos. De cómo tras aquella conversación en el aula de primaria, empecé a interiorizar.

Me levanto porque me están esperando unos amigos. Ya he pagado el bocadillo antes, así que simplemente saludo al camarero antes de salir. Mientras cruzo la plaza, me encuentro con un mendigo, y le doy la mitad que me ha sobrado, y unos 65 céntimos que encuentro en el bolsillo al momento, y le doy también los buenos días.

-La señora de la chaqueta verde me ha dado más - sonríe. Nos conocemos un poco, en un buen tipo, aunque suele hacer comentarios de esos.

-Me alegro de que haya gente tan generosa, entonces - le sonrío yo también, y mi sonrisa auténtica se combina con un gesto cordial de despedida para después alejarme.

Y me sonrío a mi también, porque en silencio, hay algo especial entre él y yo. En silencio, y con mi trabajo de cada día, estoy luchando por conseguirle una caña de pescar. En silencio, y cada día con el apoyo y la conciencia de más gente, estoy consiguiendo construir una sociedad más justa, estoy apostando por el cambio, por la justicia social, política y económica. Él no lo sabe, y quizá no me lo vaya a agradecer más que los remiendos puntuales de mi antigua profesora, y la inocente bondad que ella extiende sobre la punta del iceberg. Y, sinceramente, ahora mismo, el hecho de que eso me de igual es algo de lo que me puedo sentir orgullosa. Porque eso significa la solidaridad.

Floyd

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