Asociación Republiana Irunesa
"Nicolás Guerendiain"
Defensa de los valores republicanos y la recuperación de la memoria histórica

Relato ganador. (16 a 25 años). Autora: Maitane Gajate Zumalacarregui

Cartel del concurso literario

Fotos de la entrega de premios

El cielo está gris. A juego con una ciudad gris y vieja, en la que la gente es gris y apática, y no quieren nada de nadie, y solo miran sus pies y sus carteras.

Pasea. Es otoño, como aquella vez, en lo que ahora me parece otra era. Las hojas se desprenden de los árboles, voluntariamente. Vuelan, El suelo, frío y gris, parece menos frío y gris lleno de hojas de hermosos colores cargados de nostalgia. Cuántos recuerdos me acechan. La hierba se mece, se contonea, baila para mí, ya que nadie más la aprecia.

Si ella me viera, aquí sentado, vestido con harapos grises, en un banco gris, en el lugar menos gris que he podido encontrar. Tal vez ella me diría algo que no fuera melancolía, pero seguramente me regañaría. La añoro, sus grandes ojos añiles en los que me parecía ver el cielo que las nubes aquí ocultan, y sus labios, del color de esas rosas que no abundan. Era el tono de luz que está ciudad gris necesitaba.

Mis zapatos se agrietan. Llevo mucho tiempo caminando sin rumbo. Ella era mi brújula, mi guía, con ella lo perdí todo. Parezco uno de ellos, caminando con la cabeza agachada, mirándome los pies como si en ellos estuviera escrita mi vida entera. Si ella me viera seguro se reiría, y preguntaría “¿acaso hay algo ahí abajo mejor de lo que hay fuera?”. Si ella ahora me viera, tal vez se enfadaría. Su voz era la melodía más dulce jamás tocada, y parecía que bailaba cada vez que se movía, con tanta holgura, tan serena. Era música en el infinito silencio.

Vaya, parece que chispea. Sería hora de volver a casa, si la tuviera. Intento huir de la lluvia, que sin remedio me salpica, fría. La gente camina bajo oscuros paraguas, en esta ciudad cada vez más borrosa. Bajo un pequeño techo, encogido por el frío, espero, ya no sé a qué. Si ella me viera tal vez lloraría. Ella era tan perfecta y hermosa, tan sensible y despierta...La amaba con locura, y si ella me viera ahora...Seguro me odiaría.

Ella era, sin embargo, mucho más que todo eso. Ella fue fuego, una antorcha candente, siempre encendida. Mientras ella estuviera cerca, la gente cambiaba, la gente sentía más, se liberaban. Ella no habría dejado que mutilaran la ciudad, despojada ahora de su color. De su magia. La veo en mis recuerdos, siempre humilde y jovial, tan cercana, tan humana. Ya nadie había como ella. Nadie podía engañarla, y ella luchaba para que nadie lo hiciera. Odiaba las mentiras, y aún más a los mentirosos. Jamás nadie la vio enfadada, pero se enfrentó a quien hizo falta por conseguir lo que se proponía. Transformó a la gente y las hizo personas. Se levantó y alzó la voz.

Y por eso estoy yo aquí ahora. Rodeado de monotonía y mediocridad. De conformismo y desigualdad. En vez de árboles crece hormigón y ya no quedan personas. Absorben sus mentes. Pero ellos no parecen tener fuerzas para luchar. Y pierden.

Si ella estuviera aquí eso no pasaría. Si ella estuviera aquí este parque por el que camino estaría repleto de flores y personas que ríen y charlan. Y sin embargo ya nadie intercambia opiniones. ¿Todos tienen la misma?

Pero nunca volverá.

Noto que inundan mis zapatos, quizá sea momento de parar. Entre la lluvia va a parar a mi boca una gota, y sabe a mar. Una lágrima. Debe de notarse, ya que alguien me mira, aun que al cruzarse nuestros ojos, aparta deprisa la vista ¿aún es gratis llorar? Bueno, no tengo nada con qué pagar, justo me queda algún suspiro de vida.

A ella no le importaba llorar. Lloró de rabia cuando los ciudadanos no pudieron elegir quien les gobernaba, lloró de rabia cuando la información era controlada, lloró de rabia cuando las armas valían más que las palabras. Sin embargo, también lloró cuando, con perseverancia, ganó esas batallas, pero esta vez fue la felicidad quien floreció en su mirada. Cuando ellos se dieron cuenta de que no podían hacerla callar, decidieron librarse de ella. Empero entonces, cuando se apagaba su vida, no lloró. Y miró. Y miró digna hacia delante y se marchó.

Ahora pocos notan su ausencia, y sus voces suenan mudas, nadie las oye.

Me siento bajo un frío portal, metálico, feo, apático. Hoy pasaré aquí la noche. Con algo de suerte mañana no despertaré. No quiero volver a vivir aquella miseria negra hacia lo que esta ciudad gris de nuevo se encamina.

S. Samsa

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