Aunque los milagros preceptivos estén por llegar, Aita Patxi fue hecho prisionero en 1937 y se ofreció en dos ocasiones para sustituir a presos que debían ser fusilados. Su visión del martirio la inspiraban los bíblicos y patriotas hermanos Macabeos, más próximos a la santidad voluntaria que a la coyuntural que vivieron muchos de quienes ya están en los altares. "A éstos se les conoce como mártires de la Cruzada, una denominación cuando menos discutible, pues la Iglesia se había constituido como una de las partes en conflicto y definido, por tanto, contra la República", dice Raguer.
"El caso de Aita Patxi es distinto y guarda un gran paralelismo con el de san Maximiliano Kolbe", agrega el historiador. El obispo de Bilbao y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez, abunda en esta tesis en el prólogo del libro. "Kolbe se ofreció a morir y murió a cambio de un padre de familia judío (en Auchswitz)", recuerda el prelado, y añade: "Aita Patxi se ofreció en el campo de prisioneros de San Pedro de Cardeña (Burgos) a morir por un soldado que era comunista y tenía dos hijos (Esteban Plágaro)". Inicialmente las autoridades del presidio y la Junta de Burgos aceptaron el canje. El comandante al mando del pelotón de fusilamiento testimonia: "Se colocó frente a los soldados, que estaban preparados para cumplir la sentencia; di al piquete orden de estar listos para disparar. Al padre Ferancisco se le veía sonriente y feliz por morir en lugar del condenado. Yo no pude contener la emoción y le dije: "Padre, ¡retírese!". El comunista asturiano no fue objeto de misericordia alguna: fue ejecutado al día siguiente.
De campo en campo, sin querer beneficiarse de su condición de capellán ni hacer ostentación del grado de capitán para eludir trabajos, Aita Patxi, nacionalista vasco tozudo propagador de la fe, devoto del rezo del rosario, volvió a ofrecerse para ser ejecutado mientras cavaba trincheras en la Casa de Campo para los franquistas. En aquella ocasión, varios compañeros de presidio se pasaron a los republicanos, y Aita Patxi se postuló para ser fusilado en lugar de cualquier otro preso. Tampoco esta vez logró su propósito en una guerra que él intentaba inútilmente cuadrar en su universo de "españoles" -nacionales-, requetés, nacionalistas vascos y republicanos. Él mismo vivió el drama de la división de la Iglesia: fue hecho prisionero por un cura requeté a punta de pistola, aspecto por el que pasa de puntillas en sus memorias. "Yo no sé si tenía armas", asegura el pasionista. No obstante, el historiador Raguer concluye que es un detalle piadoso, "pues es poco verosímil que alguien haga prisioneros en primera línea sin ir armado". Algunos testigos aseguran que, durante el interrogatorio, el requeté consagrado le propinó dos sonoras bofetadas. Pero la fidelidad al Gobierno vasco de Aita Patxi en ningún momento flaqueó. Un oficial del Ejército franquista le insistía una y otra vez en que dijera que se había pasado, a lo que él respondió: "pues déjeme libre y verá a qué bando vuelvo".
Piropos de ateos
Por todo este conjunto de circunstancias el aura del hombre bueno y de principios le acompañó. "Padre, si los curas fueran como usted me haría creyente", le piropeaban ateos y agnósticos republicanos. Aita Patxi, con tozudez católica, trataba de arrastrar al rezo del santo rosario a anarquistas, comunistas y socialistas, enemigos conjurados de una Iglesia en la que, en palabras de Raquer, se confundía el humo de la pólvora con el del incienso. |