NOTICIAS DE GIPUZKOA (04/10/07)

Joaquín Gálvez prieto, exiliado de guerra irunés

"Cuando tenía 13 años, Irun y Hondarribia eran el centro de mi mundo"

A sus 84 años, Joaquín Gálvez, ahora afincado en Donostia "después de tener que salir de tres casas con lo puesto", vive volcado en la lectura y en "recuperar la meoria de los que han estado olvidados". Hoy, a las 19.00 en el centro cultural Amaia, contará cómo era 'Tener 13 años en el 36'

Foto de Joaquín Galvez

Joaquín Gálvez, en su domicilio de Donostia, con una foto de Charles Chaplin, uno de sus ídolos.Foto: x.s.

DONOSTIA. Joaquín Gálvez nació en la plaza de Armas de Hondarribia, pero se afincó desde pequeño en Irun, donde su padre era carabinero. El estallido de la Guerra Civil le hizo huir precipitadamente a Barcelona primero y luego a Francia. Él tenía 13 años cuando estalló una contienda que marcó su vida: por el exilio, por la muerte, fusilado en Madrid, de su único hermano, y por el fallecimiento de su padre, en el campo de exterminio nazi de Mauthausen. Hoy contará su experiencia en el Foro de la Memoria que organiza la Asociación Republicana Irunesa.

¿Cómo surgió la idea del documental 'Tener 13 años en el 36', que cuenta la historia de su vida?

Surgió en una de estas charlas que he ido dando durante años para contar a la gente lo que pasó. Fue en el instituto Axular de Donostia. Allí se me acercó el director del filme, Kepa González, que me propuso entrevistarme y recoger mi historia en forma de documental.

Trabaja usted de forma activa en el movimiento por la memoria histórica, entre otros cargos, como delegado en Euskadi de la asociación Amical de Mauthausen. ¿Qué opina de quienes dicen que se están abriendo heridas que estaban cerradas?

Esta tarea es la que me da vida y ganas de seguir adelante, a mis años. Y no, no se trata de abrir heridas ni de señalar a nadie con el dedo acusador. Creo que es de justicia que las nuevas generaciones sepan qué es lo que nos ocurrió a muchos, por qué ocurrió y que aprendan de lo acontecido, para que no se vuelva a repetir. Vale lo mismo para la Guerra Civil española que para las atrocidades que se cometieron en los campos de concentración. Lo que buscamos es, ante todo, un resarcimiento moral, sin ánimo de odio ni de revancha.

¿Cómo recuerda el Irun de cuando usted tenía 13 años?

Lo recuerdo con los ojos del chiquillo que era: para mí, era el eje y el centro de todo mi mundo, con su Real Unión, con sus chocolates Elgorriaga y con el Puente Internacional. Era una ciudad muy cosmopolita y un paso hacia Europa, como lo ha sido también luego durante muchos años, Recuerdo las fiestas de San Marcial, la que llamábamos Escuela Chocolate y a mi profesor, Juan Isaías Moreno. Irun y Hondarribia eran y son para mí lo mejor.

Tras su huida a Francia, recala en Barcelona y vuelve de nuevo a cruzar la frontera al acabar la guerra. Retornó a Euskadi en 1944, para afincarse en Donostia. ¿Cómo fueron aquellos años de la posguerra?

Fue casi como un exilio interno. Yo era demasiado joven en los años de la guerra como para haberme enrolado en partido o milicia alguna. Lo que hicimos mi madre y yo fue tratar de sobrevivir, pasando hambre, trabajos forzados y mil penurias. De la posguerra podría contar mil cosas. Por ejemplo, en el servicio militar, un capitán me asignó para llevar los ficheros de inteligencia. Allí encontré mi nombre en un listado. Se me catalogaba como sospechoso. Y lo único que tenían en mi contra, por así decirlo, era que había perdido a mi hermano y a mi padre.

Debieron ser años de una tensión muy dura, ¿verdad?

Uno siempre vivía con la sospecha de estar vigilado y había muchos detalles que te recordaban que estabas marcado por el régimen. Recuerdo que en los años en que Franco venía a las corridas de toros en la Semana Grande de Donostia, vivíamos en la calle Miracruz. Una semana antes, venían a nuestras casas y nos advertían de que cerráramos las ventanas y puertas a cal y canto, para que no saliéramos cuando pasara por allí el dictador.

¿Volvió usted en esos años por su Irun y Hondarribia natales?

Siempre tuve allí a mis amigos de la infancia e iba mucho a visitarlos, con mi mujer. Recuerdo los veranos en Hondarribia, nuestras comidas en el bar Lekuona. Y por supuesto, nunca me perdía los sanmarciales. Y me acuerdo mucho del ingeniero Juan Wollmer, de la Palmera. Me alegró mucho que se le dedicara una calle en Irun, fue alguien que dio trabajo a todo el que pudo, sin mirar quiénes eran, en unos tiempos muy complicados.

¿Espera usted que la gente acuda esta tarde al Amaia?

Allí donde hemos ido con el documental no se ha acercado demasiada gente. Espero que en Irun sea diferente, y sobre todo, animo a venir a la gente joven.